La Reparación.

En la Secundaria uno imaginaba el mundo idealmente justo, y creía en las Reparaciones de lo Humano. Eran posibles los cambios, el propósito de intentarlo. Hoy, cada joven en la secundaria aun cree, y en el mejor de los casos comienza allí su lucha por las convicciones. Creen en sí mismos (por lo general). Algunos se politizan, lo que no significa que los adultos insistamos en la torpeza de creer que quienes no lo hacen practican la indiferencia. No me refiero aquí a los frustrados empedernidos que todavía hacen que estudian cuando ya deberían estar demostrándose  a sí mismos una utilidad mínima. Me refiero a los jóvenes, no a los pensionados de la frustración. Es genérico el desinterés material en la masa joven, porque no han acumulado una vida de sacrificio para adquirir bienes. Reparten en su faz de incorruptible tenacidad política, idealmente lo que todavía no han producido. Gozan la libertad de repartir lo que no han ganado con la rarísima intensión de ser justos para el mundo. Pero hay un error en creer esto un pecado, es por el contrario un circuito de aprendizaje adulto y solidario, que no llegará  a la adultez ni lograra jamás la plenitud  solidaria, precisamente por la ausencia de Reparaciones de los mayores. Quienes trabajan valoraran más rápidamente cualquier bien, por lo general los bienes se valoran con los años, otros adultos darán cuenta de esto, o el mismo adolescente volviéndose adulto, descubriéndose en medio de otras realidades que la secundaria no priorizaba. El mejor Ideal es Joven, siempre es francamente desinteresado hasta antes de contaminarse. La contaminación llega poco a poco, porque es imposible un mundo de Secundaria Justa con un mundo de Hipocresía Adulta. Es cuando los jóvenes desconocen lo que les va a suceder, y cuando los adultos no recuerdan lo que les ha sucedido. Cuando los jóvenes exigen verdades teóricas que los adultos desde hace tiempo han negociado en viejas contiendas, interviene el Estado, castigará a quien reclame, aunque como Estado jamás haya respondido. Indudablemente se deben poner los límites que como adultos corresponde aplicar por el bien de cada joven, pero no se puede exigir institucionalidad si al mismo tiempo se la debe. No se pide, lo que no se concede y no se niega lo que se adeuda. De ocurrir, los jóvenes no podrán crecer desde el error propio, y los adultos no sabrán donde ocultar el suyo. Cuando se canoniza cada discrepancia como verdad sagrada, hay una falla sísmica que no se ve y el sistema de credibilidades colapsa. Hay algo indescriptible en estas diferencias, siempre hay un poder aparente y un poder real que puede descubrirse rápidamente, o acaso nunca. Transferimos una enseñanza que no practicamos. Los jóvenes tienen un sentido de justicia que los adultos hemos extraviado luego de transferirlo. Fracasamos en enseñar, porque mientras la mayoría de los docentes lo intenta, la mayoría de los políticos lo niega.

Creo, que nos están faltando las Reparaciones.

Somos La 5° Pata.

YAYO HOURMILOUGUE.

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