DÓLAR, UNA HISTORIA REPETIDA Por Marcelo Bátiz-

 

Vamos a tratar de entender esta reciente disparada de la cotización del dólar en sus diferentes versiones libres de controles como el paralelo o blue, el bolsa o el contado con liqui. En primer lugar, lo que tenemos que decir es que lo que está pasando no es nada demasiado diferente de lo que ocurrió el año pasado. Hagamos memoria: se dispara la cotización y con ella la inflación, luego vienen tres, cuatro o a lo sumo cinco meses de relativa estabilidad en la paridad cambiaria con cierta desaceleración de la inflación y luego todo vuelve a empezar con una nueva suba del dólar y los precios.

Lo nuevo en esta oportunidad es la existencia de un cepo por partida doble. El primero, el que todos conocemos, vigente desde el mismo día de las elecciones presidenciales, por el cual no se pueden comprar más de 200 dólares mensuales por persona. Y el segundo es el cepo que nos impone la cuarentena por el coronavirus, por el cual los bancos no pueden comprar ni vender dólares, las casas de cambio están cerradas y los arbolitos deben andar esquivando no solo los controles del Banco Central y la AFIP sino de la policía y el Gobierno de la Ciudad, ya no por cuestiones cambiarias sino más bien sanitarias.

En fin, todo eso configura un panorama en el que disminuyó al mínimo la cantidad de jugadores. Estamos lejos de un mercado libre con mucha oferta y mucha demanda de dólares y pesos. Este es el mejor caldo de cultivo para ensanchar la brecha entre el precio de compra y el de venta, como viene pasando. Hoy la diferencia entre comprar y vender un dólar oscila los 5 pesos, mucho más de lo que pasaba hasta hace unos seis meses.

A eso, sumémosle un escenario internacional proclive a la suba del dólar respecto del resto de las monedas. Es lo que se llama en la jerga financiera el vuelo hacia la calidad o el “fly to quality”, en el que la moneda de Estados Unidos se convierte en un refugio ante la incertidumbre. Y no hace falta explicar por qué estamos en un mundo lleno de incertidumbres.

En este contexto entra a jugar la cuestión de la competitividad externa. No es lo mismo el intercambio comercial con Brasil de diciembre del año pasado, cuando el real cotizaba debajo de las 4 unidades por dólar, que ahora, a mediados de abril, cuando cotiza a 5,25. Y esa depreciación de las monedas emergentes es una constante que se repite en todos los países de América Latina.

Pero todas esas circunstancias, podríamos decir excepcionales, tienen como realidad subyacente lo que podríamos llamar las “fallas de origen” de la economía argentina. Los argentinos no confiamos en nuestra moneda y no por paranoicos. Sobran los datos para fundamentar esa desconfianza en una moneda que, con sus sucesivas denominaciones, perdió su valor en dólares 400 billones de veces en un siglo.

No nos abrumemos con números incomprensibles, vamos a lo que pasa en la actualidad. No hay acuerdo entre las diferentes escuelas económicas sobre si la inflación es un fenómeno multicausal o exclusivamente monetario. Pero aun entre los que no comulgan con el monetarismo se admite que el aspecto monetario figura entre los más importantes.

Al respecto, se está hablando mucho por estos días acerca de la necesidad de emitir más pesos para hacer frente a la presente crisis del coronavirus, en especial porque la mayoría de las empresas dejaron de contar con el flujo habitual de recursos para hacer frente a sus compromisos habituales. Concretamente, para pagar aunque sea parte de los sueldos y evitar que se profundice la ruptura de la cadena de pagos.

En ese sentido, tenemos que decir que, así como “no hay enfermedades sino enfermos”, a todos los países no les cabe la misma medicina. Emitir dinero no es inocuo para todos y, como en cualquier tratamiento, la dosis es fundamental.

Argentina viene aumentando la base monetaria a un nivel superior al 80% interanual. En una moneda, recordemos, que nadie quiere conservar y con bancos que ya están ofreciendo plazos fijos con tasas negativas, es decir menores a la inflación esperada. No quedan muchas opciones para destinar los pesos que se emiten. Y recordemos, esos pesos no son pocos: desde que Alberto Fernández asumió la Presidencia hasta el presente, hay 800.000 millones de pesos más en la base monetaria.

En las actuales circunstancias, parte de ese dinero puede ir a “tapar los agujeros” que dejó y, lamentablemente, seguirá dejando la pandemia. Pero seríamos demasiado ingenuos si creyéramos que al menos una parte considerable de esa cantidad de pesos no se volcó al dólar, ya sea en operaciones legales o en el mercado paralelo.

A eso, sumémosle que el déficit fiscal se está incrementando muchísimo. Concretamente en marzo el déficit financiero se cuadruplicó respecto del que había doce meses atrás. Y en términos reales, es decir deducida la inflación, aumentó 175%. No es un dato para pasar por alto.

Y de hecho, no se pasó por alto. Marzo marcó un quiebre en la tendencia descendente de la inflación y llegó al 3,3% después del 2% de febrero. Un 3,3% mentiroso, con precios congelados y alimentos que suben mucho más que los servicios.

Reiteramos lo que dijimos al principio. Esto no es nada nuevo. Ya había pasado el año pasado cuando en febrero se revirtió la caída de la inflación. Y volvió a pasar en junio y para qué hablar después de las PASO.

Los motivos circunstanciales pueden variar. Pero la falla de base sigue intacta. Un país con una moneda cuya sociedad no la quiere conservar, un Estado con un déficit fiscal creciente y autoridades que pretenden evitar la suba del dólar en el siglo XXI con controles propios del siglo XX.

El que quiera comprobar la efectividad de esos controles, que pruebe con tapar el sol con una mano.

Pero a no desesperar. La próxima semana los bancos estarán habilitados para comprar y vender moneda extranjera. Como siguen los controles del cepo, difícilmente haya un aluvión de adquisiciones de dólares. Pero muchos pequeños y medianos empresarios y gente de a pie tendrán que vender dólares para pagar una serie de compromisos. Quizás, en el corto plazo -y sólo en el corto plazo- eso represente una presión bajista.

Para el largo plazo, habrá que esperar cuál será el desenlace de las negociaciones por la restructuración de la deuda. Una historia que recién comienza.

 

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