COLUMNA de OPINIÓN-YAYO H.-“30 AÑOS” LA5PATA

Antes que nada, disculpas, por lo autorreferencial.*

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Salíamos del 81, 82. Y empezábamos a hablar de Derechos Humanos con seriedad, luego de reuniones con la Madres, quienes venían de su lucha contra la dictadura desde aquel 30 de abril del 77. Yo también creía en la Revolución. Pero los años me persuadieron; la mayor Revolución es la Honestidad.

Supe cuando lo vi, y le di la mano por primera vez, que era alguien diferente. Éramos jóvenes y preguntones. Salíamos del pichonaje. Estábamos ávidos de un deseo de cambio, pero todo nos llegaba desordenado, y no sabíamos por dónde empezar. Alfonsín nos respondió casi con ternura paternal a cada pregunta. Cuando salimos de ahí, uno de nosotros, mi amigo además, me dijo; “¿este tipo nos va a sacar adelante?” Pero yo corría con ventaja, lo había visto en un pueblo de la provincia, ante una multitud mínima que terminó exaltada. “Espera a escucharlo en algún discurso, le contesté, parece otro tipo”. Poco tiempo pasó para que sucediera. Mientras el nuevo caudillo del radicalismo arrancaba cánticos y calentaba los cuerpos de los presentes, mi amigo me dijo; “tengo un nudo en la garganta, y la piel de gallina”. Lo miré. No sacaba sus ojos vidriosos de Alfonsín. Iba a ser el comienzo. Dos años más tarde Alfonsín lograba que la multitud hiciera vibrar el asfalto de la capital federal. Por esos días, Silvio Huberman lo entrevistaba. En la previa, el candidato preguntó; “¿Quien ganó la interna en el justicialismo? “Me acaban de confirmar que Herminio Iglesias”, respondió el periodista. “¡Ahh, si ganó Herminio- dijo Alfonsín- yo soy Presidente!”. Y lo fue. Por esa época me metí a Ciencias Políticas. Una carrera que no estaba contemplada por la UBA. La hicimos con Docentes y Alumnos que teníamos ganas de hacerla. Salió renga la primera promoción, ni aulas teníamos en el Ciclo Básico. Estudiamos en el Lasalle rentando salones, en una galería de calle Florida, en bares, en la peatonal, hasta que llegó la inauguración de Ciudad Universitaria. Por esas cosas que no imaginaba, logramos por aquellos momentos otras reuniones con Alfonsín. No muchas, la última la recuerdo en un local a metros de avenida Entre Ríos. Cuando ya era Presidente, me recibió una vez, una sola vez, en su despacho privado. “Dijo el Presidente que pase, que va a estar un rato donde usted sabe, en avenida Santa Fe”. Tenía solo un par de custodios. Me lo dijo sin vueltas, casi me reprochó; “hacen falta buenos periodistas, pero te equivocaste ¿porqué no te lo replanteas?”. Pero no me lo replantee y quizá me  equivoqué, o no, por el resto de mi vida. Cuando lo vi en aquella oportunidad fue para entrevistarlo. Hacía un tiempo había dejado la carrera de Ciencia Política. Nunca la terminé. Decepcionado de lo que veía. Llegué al periodismo casi por casualidad y como queriendo evitar lo inevitable. Hasta aquel encuentro con Eliseo Álvarez en la calle Honduras. Y me quedé. Con el tiempo, vi cómo todos juntos nos equivocamos. Sucedió cuando algunos empresarios, muchos todavía están, le soltaron la mano al presidente, y el justicialismo con el oportunismo que la política concede hizo lo suyo, mientras el periodismo seguía los pasos de un juego confuso, una vez más. Llegó Rico y la semana santa del 87. Y llegó La Tablada del 89. La situación económica, imposible de viabilizase tratando de recuperar el esquema de Illía, se agotó desde Grinspun, pasando por Sourrouille y el Austral,  hasta la terapia intensiva con los últimos días de Rodríguez. Un gobierno con la herencia de una descomunal deuda externa, carenciado de  dólares. Tras el Austral la hiperinflación se precipitó.

Aun recuerdo Olivos. Esperábamos algunos colegas, mientras el presidente saliente y el entrante, caminaban por los jardines. Argentina volvía a agitar la palabra “Pacto”. Los 90 llegaron para enajenarnos de nosotros mismos. La palabra Indulto se aplicó de la peor manera, y después del 95, las fábricas empezaron a vaciarse. Pero no lo sabíamos entonces. Otra palabra desconocida, Globalización, fue el gran pretexto para el principio de una corrupción que aun no podemos leer con una claridad sensata.

En mayo del 99, me tocó ver llorar a Cafiero, en el segundo piso de un hotel de avenida Callao, cuando supo que perdía la interna contra el candidato de Duhalde en la Provincia. Con dos colegas en silencio lo tuvimos a Cafiero del otro lado de un blindex, sentado en una oficina a pasos del ascensor, los codos sobre las rodillas de su traje gris, la cabeza cana hacia el piso, derrumbado, allí quedó. “¿Llora?” “No sé, me parece que sí”. Mientras Campolongo llegaba, triste como la tristeza y nos decía, “está bien, bajen muchachos”. Un 15% contra un 80 de su adversario.

Un día, en medio de un calor de febrero que partía la tierra, le dije a Germán Abdala mientras él se sacaba los zapatos y encendía un pucho, en un viejo edificio de Leandro N. Alem sin aire acondicionado, que lo de la carrera no se pudo dar, que había “largado”. Se me enojó un poco. Un poco. Nada más. Volví a verlo añosdespués en Once, en el pasillo que da al baño de la Federación de Castro Barros, tenía en su cara y su delgadez los primeros síntomas de su enfermedad, pero caminaba; “Necesitamos tipos que estudien-me dijo- no importa qué, pero que estudien, seguí”. A Germán lo había conocido en esos tres años que trabajé en Talleres Protegidos en el Moyano y el Borda, en los Laboratorios, por el 82 u 83, cuando junto a De Gennaro, desafiaron a Horvath, el hombre de los militares en el sindicato de ATE. Fue cuando me la pasaba de la tarde a la noche estudiando en DINEA de Avenida Belgrano, en la sede de ATE, antes de Ciencias Políticas. No volví a ver a Abdala. Cuando supe de su muerte sentí que no pude terminar con una etapa de mi vida. Le debo algo que no voy a poder devolverle nunca.

Fueron para mí años interminables en el Congreso, en Casa de Gobierno, en la Sede de la CGT, en la sede de cada partido, incluido Matheu, y en Comodoro Py.

Había pasado el tiempo rápidamente, cuando en su despacho el Juez Urso, aquel invierno de 2001, nos dijo a mí y a otro periodista; “esta tarde libro sentencia contra Carlos Menem por enriquecimiento ilícito, y su arresto también”. El fiscal Stornelli aun no se había enterado. Hicimos lo que debíamos. Bajamos a Sala de Prensa para adelantarlo a cada colega.

Antes, mucho antes, cuando Cavallo pateó el hormiguero de los Medios por temas estrictamente económicos y de interés de grupos, permitiendo y facilitando lo imposible, dejando el desbande de laburantes del micrófono en la calle, cuando subí a preguntar cuánto salía mi retiro del multimedio, por esos días, cuando pasábamos por medios cerrados como sepultureros, poco antes o después del último Yabrán de Entre Ríos, por ese tiempo, decía, fue también cuando en la sala de prensa de Comodoro Py, el abogado Monner Sanz se irritaría conmigo. En esa conversación le adelanté en qué iba a terminar la causa de Menem. En la nada. También recordé aquella mañana en la costanera a un centenar de metros de Ciudad Universitaria cuando un policía me dejó pasar el perímetro encintado y caminamos hasta el cuerpo que colgaba. Me esperaba el comisario; “¿Lo conoce?”. Miré un minuto al hombre colgado y no tuve dudas “Es Cattaneo, Marcelo Cattaneo” “¿Está seguro?” “Si, tuve un off de record con él hace unos dos meses, y desde hace una semana estaba desaparecido”. El comisario escupió, “Y la puta madre, esperaba un día tranquilo” dijo mirando el cuerpo. Como olvidar el Proyecto Centenario. Terminó una pila de años después, en 2009, con siete condenados, ninguno preso.

Regresemos. Era agosto del 94, un día no tan frío en las cercanías del congreso nacional, cuando gambeteando marchas, y la calle Rivadavia cortada por los jubilados de Norma Plá, llegué al Molino, a metros del Congreso, allí estaban esa tarde apartados en una mesa  Storani con Chacho Álvarez. Parían la Alianza. Bordón, si mal no recuerdo, llegó un poco después, o no llegó, ya que en verdad aun no lo registro. La reunión no demoró más de una hora. La idea era comenzar a dar batalla a un Menemato endurecido. Así nos lo comentaron al terminar a mí y a tres o cuatro colegas más que hicimos mesa aparte. Era en ese momento solo un proyecto utópico. Empezó como terminó, pero para mal de la utopía de todos.

El Calafate del 98, fue un viaje más. Cuando acudo a la memoria, todavía veo al Dr. Kirchner y a Duhalde llegando rodeados por las comitivas, a pie esa mañana, hasta el hotel donde se realizó la Cumbre del Calafate. Juntos, muy juntos, riendo. A un Dolina en teleconferencia, sumándose. A un Alberto Fernandez operativamente joven. Un grupo de colegas teníamos la oportunidad de salir a comer al mediodía en diferentes lugares después de las coberturas, y allí, en esa sociedad constituida casi por colonos alemanes, caímos en la cuenta de las propiedades del gobernador. Ya entonces. Y de su mujer, que lo acompañaba a todas partes. Estuvo esa madrugada que no terminaba de amanecer desayunando en una de las mesas más largas que vi en mi vida, cuando desde la propia casa de ellos, puse al aire a Néstor por teléfono en Radio América. Esa mujer que me miraba con respeto, tanto como con distancia, era sin dudas en aquellos días, y al menos en su casa y en el Calafate junto a su esposo, una mujer silenciosa. O de pocas palabras. De regreso, en pleno vuelo, Núñez, secretario del matrimonio, se acomodó en la butaca de al lado y conversó conmigo verdades inconfesables. Hacía un año que ella era diputada. Iban a necesitar un empujón, las primeras entrevistas, ya que lo que se venía era su rol de opositora al delarruísmo, quien había ganado las legislativas del 97. Y por mucho tiempo fue así, dándole una mano a la diputada santacruceña casi desconocida, pese a sus cargos anteriores, como habitualmente se hace con representantes provinciales. A Núñez, una vez que fueron gobierno, tampoco volví a verlo. Nadie pierde la memoria más rápidamente que un candidato en campaña una vez que alcanza los fines, y lo mismo hace rápidamente cada línea sucesiva. Incluso los tipos que menos importan, te evitan descaradamente.

En 99, y tras un largo domingo, en San Vicente tuve que preguntar a Duhalde ante un flamante gobernador sonriente que tenía a su lado, Carlos Ruckauf, quien era el padre de aquella, su gran derrota nacional. “Hay que hacer varios ADNs para saber quién es el padre de la derrota” me contestó Duhalde “Yo no lo soy, no soy aquí el gran perdedor”. Un Duhalde  que ya no perdonaría a un Menem, como añosdespués no perdonaría a un Kirchner. Fue el sonriente Ruckauf quien meses más tarde, y en las mismas oficinas que ahora ocupa Marangoni, nos mostraría a mí y a cinco periodistas más el papel con el que salvaría la provincia de Buenos Aires, el primer modelo de patacón. Lo tuvimos en la mano mientras Ruckauf sonreía con todos sus dientes. Y aunque cumplió su rol, ya entonces el billete olía mal.

El último gobierno fue el que jamás me permitió acercamiento alguno. Tampoco lo intenté. Ya no estaba en el multimedio desde hacía tiempo. Y conocía a cada uno de ellos. Era ahora un independiente cuentapropista. Lo sigo siendo.

En cada caso, en cada poder y sus administraciones, siempre llega la caída. La del presidente de los 90 sucedió en San Juan. El primer tropezón. El 15 de mayo del 99, la  primera línea de Menem había llegado a esa provincia esa tarde de sábado. Por la noche ocuparon el mismo restaurante que nosotros, unas mesas ahí nomás. Nos conocíamos. Les dijimos que Escobar, el pollo del gobierno perdería las elecciones mañana domingo, y que el gobernador iba a ser Avelín, el médico. Se les desencajó la cara. “¿Seguros?, ¿Están seguros? Tenemos todo listo para que llegue el Presidente y los informes…” del analista del Gobierno. “Bueno, están mal informados. Pierde. Hace una semana estamos cubriendo San Juan”, y tras una llamada a Buenos Aires, detuvieron el viaje pese a los pronósticos del Analista rentado de turno. Hicieron las devoluciones en el hotel y regresaron a Buenos Aires evitando que el Presidente viajara. Quien viajó fue De la Rúa, que en pleno festejo de ese domingo aún estaba confundido. Lo entreviste el lunes de mañana en el mismo hotel donde los hombres de Menem habían devuelto las reservaciones, mientras el auto que habría de llevarlo al aeropuerto esperaba afuera. Un De la Rúa que también duró poco.

El primer Kirchner Nacional, y aun ante su pasado provincial, dio esperanzas al país, sobre todo en lo económico. Pero ese primer Kirchner fue exterminado por cada Kirchner que siguió, y cada impresentable que dejó tras de sí.

El mismo Kirchner que vi y con el que conversé infinidad de veces en el Consejo Federal de Inversiones, mientras fue gobernador. El que un día me dijo riéndose; “Vos haces periodismo en serio ¿no? ¡Estamos jodidos con vos!”, y rió con ganas mientras me palmeaba.

Argenta es una síntesis de funcionarios apólogos. Somos una gran Apología. 30años, llenos de esperanzas y promesas vacías y viciadas. Derrochando el tiempo de los demás como si fuera el de ellos mismos, únicamente. El negocio del enriquecimiento es el mayor síntoma en cada uno.

Hoy nuestros hijos desconocen el aliento de moverse en masa, han instalado el individualismo. Cada Red en la Web, pesa más que un Partido. Tampoco leen o se meten en lo que querés que lean. Leen y se comprometen solo con aquello que les interesa a ellos.  Sus compromisos con la realidad como adolescentes, son distintos a los que teníamos. Y ese es uno de los fracasos de crear e imponer una militancia actual y paralela al poder, que además de costosa, tiene creadores ventajeros que no entiende de qué se trata. La Política, está dotada de anticuerpos que repelen la ignorancia. No hay sistema en el que entonces puedan sobrevivir.

En enero de 2007, comenzó la mendacidad profesional del gobierno mintiéndonos lo que teníamos en el bolsillo, INDEC mediante. Aun no comprenden que han perdido mucho más que poder, dilapidando gratis la poca honestidad que les iba quedando. El actual cepo al dólar, resulta la maravillosa manera revolucionaria de un corralito modernamente actualizado.

Hemos llegado hasta aquí perfeccionando la corrupción. Somos dueños de un país con un inmenso capital social, con la mejor de las gentes, enriquecidos en tierra y producción, para vivir desterrados de un aprendizaje propio. Nos resulta esquiva la madurez política, aprendidos, y aprendedores de desquerernos lo suficiente.

Alfonsín murió sin todo el honor que la Democracia le debía. A los sindicalistas los veo cada tanto en algún Coloquio, o Congreso empresario económico, porque terminó por entenderse, salvo por unos pocos periodistas pagos, que sin empresas tampoco hay periodismo. Tampoco lo hay sin gobiernos imparciales. En Comodoro Py, el recambio obligó a la mayoría de los jueces al ostracismo, y esto, mucho más allá de sus errores. Urso fue juzgado después por enriquecimiento ilícito. Hoy tenemos el privilegio impensado de DDHH Sectarios, con fondos que necesitamos para otras urgencias. Instalados todavía en aquél tiempo, son hoy sus responsables como grandes descuidadores profesionales del hambre de los pibes del presente. Desde aquella vez que la dictadura les dijo que no podían estar allí, frente a Balcarce, y se les indicó, “circulen” y circularon para siempre ¿qué ha cambiado en cada mujer sufrida?

Las madres que en el 87 subieron al primer escenario con Sting ¿Son las mismas de hoy? ¿Qué cambió? ¿Sus intereses, o su Poder? ¿O su falta de conocimiento social y político?

Las alcanzó aunque no lo noten, como se intentó con la Libertad, un flechazo que llega desde la despo-cracia. Silenciosamente entra por el plexo, sale por la espalda, y atravesada, inmoviliza a cada uno donde está, deteniendo el pasado. Un síntoma que no alcanza en cambio a la Libertad. Nadie puede decir que hayan robado la Libertad. Es un Bien compartible, contagioso incluso ante la enfermedad mas invasiva. De interior puro. Imposible de desarraigar en cada cuerpo caliente. Multiplicadora, cada Libertad te obliga a más Libertades.

El Molino está cerrado. Y su futuro es tan incierto como el de cada argentino, en medio de una democracia Viva y Desolada.

Amo este país, que no perdonó a quienes me dieron la vida. No puedo permitir ahora lo que intentan; Dejarme sin capacidad de fuego verbal. Envejecerme irrecuperablemente.

No puedo permitir el avance de cada mente subsidiada en mi contra. Que cada mente subsidiada me avance sin argumentos legítimos. No puedo permitirlo.

Silenciosamente estoy convencido que la mayoría de los funcionarios que adulan este gobierno no son otra cosa que los Guido y Luigi Marabuto, de “El rey desnudo”, el cuento de Hans Christian Andersen. ** Incluido cada Medio que la Ley de Medios les permitió apropiar.

En 30 años, la muerte por la ideología, mutó hacia la muerte por las zapatillas. Así cambió la Muerte. Pero esta vez, la Ideología nada hizo. Matan por una marca, y por el Paco que tienen que comprar. Dicen los que matan, que para ellos es un trabajo mientras amordazan y desvalijan a familias enteras en cada asalto. Dicen los que venden drogas y cocinan en nuestras tierras, que para ellos también es un trabajo. Si no, para qué pagan protección.

Es la Argentina profunda que se queda en el estomago, sin llegar a los intestinos. Que se arrastra rica y decadente, como cada uno de nosotros. Los buenos tipos que intentaron hacer política, pegaron un portazo. La esperanza está en los miles que construyen cada día. Y que nunca han integrado gobierno alguno.

30 años, para empezar a aprender.

YAYO HOURMILOUGUE

LA5PATA (*Cada hecho citado, es real.)

(**-Hace muchos años vivía un rey que era comedido en todo excepto en una cosa: se preocupaba mucho por su vestuario. Un día escuchó a dos charlatanes llamados Guido y Luigi Marabuto decir que podían fabricar la tela más suave y delicada que pudiera imaginar. Esta prenda, añadieron, tenía la especial capacidad de ser invisible para cualquier estúpido o incapaz para su cargo. Por supuesto, no había prenda alguna sino que los pícaros hacían lucir que trabajaban en la ropa, pero estos se quedaban con los ricos materiales que solicitaban para tal fin.

Sintiéndose algo nervioso acerca de si él mismo sería capaz de ver la prenda o no, el emperador envió primero a dos de sus hombres de confianza a verlo. Evidentemente, ninguno de los dos admitieron que eran incapaces de ver la prenda y comenzaron a alabar a la misma. Toda la ciudad había oído hablar del fabuloso traje y estaba deseando comprobar cuán estúpido era su vecino.

Los estafadores hicieron como que le ayudaban a ponerse la inexistente prenda y el emperador salió con ella en un desfile sin admitir que era demasiado inepto o estúpido como para poder verla.

Toda la gente del pueblo alabó enfáticamente el traje, temerosos de que sus vecinos se dieran cuenta de que no podían verlo, hasta que un niño dijo:

«¡Pero si va desnudo!»

La gente empezó a cuchichear la frase hasta que toda la multitud gritó que el emperador iba desnudo. El emperador lo escuchó y supo que tenían razón, pero levantó la cabeza y terminó el desfile.)

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