La Piedra y el Árbol-2017-2018-

 

La noche anterior los estallidos y las luces iluminaron el cielo en Bariloche, y más lejos, en Esquel, Cholila y Tevelin, con menor intensidad. Hasta algunos kilómetros dentro del Parque Nacional Nahuel Huapi, y el Parque Nacional Los Alerces llegó un sonido apagado y se vieron algunos pocos fuegos quebrando la quietud lunar. Un puñado de estruendos logró colarse en eco entre las primeras laderas.

A la mañana siguiente, el hombre detuvo su andar para alzarla. La piedra cabía en el centro de su palma. La miró al reflejo del sol del mediodía envuelto en la ventisca suave del Parque Nacional Los Alerces. Colosalmente redonda y pulida, el mineral lograba puntos de destellos plateados que se avivaban y perdían desde su forma de esfera blanca azulada. Pensó en llevársela. Pero se detuvo unos segundos y recordó la conversación que había mantenido dos tardes atrás con la Guardaparque. Preservación. Y la arrojó a un costado. La piedra golpeó en diferentes lugares y quedó entre el lomo de las raíces salientes de un inmenso arrayan. El hombre se perdió en la frondosidad del macizo montañoso y vegetal, buscando solitariamente la costa del río Desaguadero o las cercanías del río Los Coihues, lejos aún. Mañana iría al Lago Rivadavia. Desapareció al rato, empequeñeciéndose, ante miradas invisibles que como humano desconocía. Una simbiosis inexplicable se produjo entre la piedra y el árbol. Como una voz que bajaba sin que pudiera ser escuchada. La brisa fue entonces un poco más sonora. La piedra pareció recordar en algún lugar cuando fue árbol luego de ser polvo y agua. Y el árbol pareció recordar cuando fue hombre, para luego ser animal, para luego ser agua y molécula orgánica, para luego ser árbol. Lo recordó más allá de la felicidad, porque no necesitaban ya de ella. La enormidad no reclama felicidad, es su etapa superior ¿Cuánto le faltaría para ser piedra? Eso ya dependía del universo. Le resultó infantil saber que alguna vez tuvo que creer en Dios, o inventarlo para justificar su hechura humana. Ahora, presentía al “Abuelo”, cerca, un arrayán que medido en términos humanos ya llegaba a los 2621 años. Curioso, mientras algunos humanos lo llamaban Arrayán, otros le decían Lahuán ¿Qué diferencia tendrían entre ellos? Un empujón de viento ladeó su copa y su colosal tallo sonó de arriba a abajo estremeciendo cada amistad silenciosa y cercana hasta las raíces. La piedra se movió milímetros ¡Conoceré más, cuando sea piedra! pareció murmurar el árbol.

De haber sabido cuando hombre que Dios era lo que pisaba, lo que ahora hasta los animales saben, y que llegan a serlo solo para dar al humano la posibilidad de ser más piadosos, seríamos muchos dioses viajando a gran velocidad por el espacio. Pero sanos. Cuando sea piedra, se repitió así mismo en un quejido de ramas, sabré más. La piedra no necesitó transmitir su perfección. Su mayor ventaja era que siguieran creyendo en su supuesta inanimidad. ¿Qué eran esos estallido de la noche anterior, que le costaba recordar? consultó a cada rama baja.

-Son humanos- respondió el Arrayán- humanos festejando un año más.

-¿Un año más? Ingenuos, ¿para qué le pondrán números?- Quiso saber la piedra olvidadiza.

-Porque no saben que son solo una etapa del cosmos, y no saben que Dios no es otra cosa que, todo en lo que uno se convierte- supuso el árbol.

La piedra no se movió, cuando pensó “Viviendo para sí, sin pensar en lo que dejan. Son incansablemente efímeros”.

 

YH

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Post Author: La 5 Pata

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